Daniel Lumera - El Poder Del Perdón: Cómo Librarse Del Sufrimiento, Realizarse Y Sanar Perdonando

La filosofía del perdón en la disciplina evolutiva Conciencia Solar.


Perdona siempre a tus enemigos, nada los hará enfadar de más. (Óscar Wilde)

Se puede perdonar cualquier cosa: a una enfermedad, a Dios, a una emoción, a una situación, a un difunto, a un objeto. Al final, el perdón siempre es hacia uno mismo porque, como nos recuerdan los textos antiguos, “Perdonar es liberar a un prisionero y descubrir que aquel prisionero fuiste tú”.

El perdón es una práctica antiquísima, conocida desde las civilizaciones más remotas, aunque comúnmente se relaciona con la tradición religiosa judío-cristiana o con algunas corrientes filosóficas. Existen fuentes que testimonian su existencia en Sudamérica con más de 2000 años de antigüedad antes de Cristo.

Mientras que desde hace pocas décadas sólo fue objeto de reflexión de parte de teólogos, religiosos y consultores espirituales, hoy en día, incluso la ciencia ha empezado a estudiar los beneficios físicos y psicológicos. Los científicos dicen que es “la clave para disminuir el riesgo de desarrollar enfermedades cardíacas y trastornos mentales debidas al recuerdo obsesivo de lo que nos ha hecho daño”, mientras la psicología lo reputa como uno de los medios más eficaces a disposición del individuo para superar el sentido de culpa, el resentimiento, el sentido del pecado y garantizar el equilibrio y el bienestar psíquico.
Pues a religiosos, teólogos e investigadores espirituales se ha sumado una larga lista de psiquiatras, psicoterapeutas y consultores psicológicos, todos concordes en considerarlo un instrumento terapéutico de extraordinaria contribución en muchos casos como en los de abusos sexuales, abortos, enfermedades terminales, relaciones en crisis, hasta las dependencias a drogas. Incluso las neurociencias se han tomado la molestia de evidenciar los canales neuronales y las áreas cerebrales mediante las cuales actúa el perdón, expresándose a favor de los efectos positivos que tiene sobre el comportamiento humano. Parece entonces que perdonar haga bien: la ciencia lo recomienda para el bienestar y el equilibrio y la religión para purificarse del pecado y librarse del mal.

¿Pero es este el sentido auténtico del perdón? ¿Por qué perdonar? ¿Para estar mejor, para hacer terapia, para librarse del dolor y purificarse del pecado, para recobrar una relación o para librarse de los miedos? ¿O bien hay algo de más profundidad, algo de infinitamente más importante en esta práctica que acompaña el ser humano desde hace milenios?

Después de una larga búsqueda he podido constatar que, a lo largo del tiempo, el auténtico sentido del perdón y su funcionalidad cotidiana se han ido perdiendo y, en muchos contextos, ha sido distorsionado.

A menudo se reduce a una simple terapia o a un acto de penitencia, cuando en realidad, lo que emerge claramente de su comprensión profunda es que el perdón conduce a la experiencia de la unidad, condición originaria de nuestro ser, más allá de la percepción ilusoria de una realidad separada de ti. Es como si dentro del ser humano se formaran siempre dos imágenes: una que representa las cosas tal como son y la otra como deberían ser, o como querríamos que fueran. Estas dos imágenes a menudo están en conflicto y nos engendran un gran sufrimiento. El perdón nos lleva más allá de ellas, en un plano de experimentación absolutamente nueva.

Para perdonarnos es necesario tener coraje y valentía, aunque en una sociedad competitiva y basada sobre la culpa y sobre el castigo como la nuestra a menudo es considerada un acto de debilidad e inferioridad. ¡El más fuerte no perdona nunca! Pero es justamente aquí donde se comete el error porque, como dijo Ghandi, “sólo quien es fuerte es capaz de perdonar.” Por otra parte, la misma palabra coraje deriva de “cor habeo”, que significa “tengo corazón” y no se refiere sólo al hecho de ser valientes ante el peligro si no a la capacidad de querer. Por esto el perdón es una provocación ante la frialdad de quien ha olvidado cómo se hace y qué significa tener realmente corazón. No podemos, por tanto, definir sencillamente el perdón como una técnica o un acto puntual sino que es un proceso interior real, en que se atraviesan muchas fases, para alcanzar, o mejor restablecer, un estado de unión dónde interior y exterior se convierten en una única cosa.

Santo Tomás ha escrito “el perdón restablece la unión perdida, la comunión agitada.” ¿Y si aquella unión de la que habla, no fuera con otra persona sino aquella entre el hombre y el universo?

Si nos observamos bien descubrimos que el origen de todos los conflictos reside en la percepción de ser un individuo separado del resto y el perdón es el proceso a través del cual se realiza la integración de esta fractura interior. Las diferentes fases, dirigen a la persona por un recorrido íntimo en donde se toma conciencia de los conflictos y se aprende a reconocerlos como una oportunidad para desarrollarse, es decir, como medios y no como obstáculos; a medida que esto ocurre, todo lo que se estaba proyectando hacia el exterior, ya sea un acontecimiento, una emoción o un pensamiento, se reconduce espontáneamente al origen, al interior, y el individuo logra asumir la completa responsabilidad de lo que siente, lo que hace y lo que vive.

Éstos son los presupuestos para acceder a una experiencia que va más allá del aspecto de bienestar o terapia. Entonces, puesto que el ser humano se ha centrado en él mismo, puede descubrir cómo transformar el dolor, el odio y el rencor en amor y llegar a ser dentro como un alquimista consciente donde “nuestras sombras sólo son el testigo de la presencia de la luz.”

Durante las experiencias del Perdón he visto cambios extraordinarios en las personas, pero lo que más me ha impactado ha sido la conciencia alcanzada por cada uno, hasta el punto en que la resolución del conflicto o de un problema específico, se convierte sólo en un efecto colateral de una apertura de conciencia mucho mayor.

En el “Libro del Perdón” se describen 4 de las 6 técnicas más importantes que existen referentes a este proceso y las leyes que lo gobiernan, para mostrar un nuevo sentido del perdón que va más allá del sentido de separación que vive el ser humano con lo que le rodea. Este potente instrumento de realización permite, si se utiliza correctamente, librarse del sufrimiento, el odio, la rabia, el dolor y de todos los pesos que no permiten que la felicidad natural del ser humano se exprese. El sentido de perdonar es “dar por excelencia, dar a lo sumo” y representa por lo tanto el superlativo de donación. Éste dar sólo puede ocurrir como un acto verdadero de amor, capaz de crear dentro de la persona el espacio necesario para que se manifieste una sensación de profunda paz y felicidad. Pues para donar, ¿y por qué otra razón si no?

Daniel Lumera

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