Si quieres cambiar el mundo, primero mírate a ti mismo y sé conciente de qué cosas tu también haces y luego culpas a otros; Sé el mundo que quieres ver fuera

Un modelo de gente trabajando desde la individualidad. Lo hemos comentado muchas veces. Ahora entonces, pasar a la acción:


   1) ¿En qué banco tengo mi dinero.?

   2) ¿A quién compro mi ropa?
   

3) ¿Qué compañía de teléfonos tengo?

   4) ¿Dónde compro y qué tipo de alimentos?

   5) ¿Qué hago con lo que no necesito?, ¿consumo más de la cuenta?

   6) ¿En qué compañía tengo mi seguro médico?

   7) Cuando compro cualquier cosa, ¿dónde lo hago?

   8) ¿Qué tipo de transporte utilizo?, ¿es mi concepto de ciudad sostenible o mejor, sensible?

   9) ¿Qué relación tengo con Gaia?

   10) ¿Cómo me relaciono con el resto de animales, plantas, seres humanos y seres no humanos?

   11) ¿A qué información accedo?


   Sencillamente respondiendo a estas preguntas, tenéis el trabajo interior resuelto. La asunción de la responsabilidad desde el individuo y desde la más pragmática de las aplicaciones. Es decir, muy actual (juego de palabras con el ahora y la acción):

   la vida como una totalidad presente en todas sus formas, que permanece como el objetivo y el significado de una cultura revolucionaria.

Esta frase la escribió como denuncia a una ruptura entre la vida cotidiana y las manifestaciones elevadas de la cultura, el Estado, la política, etc. La alienación del propio día a día que produjo el desenvolvimiento de la cultura Pop, encaminada bajo la perspectiva de la dualidad, bajo el ardid de unos pocos, que miraban para tener mucho y a unos muchos (engatusados).
Fuente: un buen amigo



REVOLUCIÓN DE LA ENTEREZA


KOLDO ALDAI, coordinacion@foroespiritual.org
ARTAZA (NAVARRA).



 05/02/13. Todo apunta a que no ha de llegar la catarsis colectiva de los mandatarios, que, pese a las palmarias pruebas, seguirán acorazados. La entera franqueza no tiene prisa por acercarse a los labios de quienes nos gobiernan. ¿Debía asomar la verdad tras el atril, delante de los focos o bastará que proyectemos luz sobre nuestras propias verdades? Larga cadena de frustraciones nos animan a concluir que el progreso social no se urde tanto en Calle Génova, en Ferraz o la Moncloa, como en más íntimas sedes.

En realidad buena parte de este sistema, no sólo de una opción política, está fundamentado en la falsedad: la ficción del dinero como norte, de la rivalidad como progreso, de la competitividad como valor rector de nuestras relaciones… Los engaños nos acorralan: la química cura, los animales nos son ajenos, el veneno es preciso para que los campos florezcan en abundancia y el asfalto es el inevitable escenario de nuestros días. No nos convence tampoco ese aparente brillo en la chapa de nuestros vehículos, cuando el hambre rueda aún a gran velocidad por tantas geografías. Gobierna el embuste de que la vida se acaba cuando el cuerpo físico se agota, de que no nos alcanza latido para prolongarnos en los senderos de la eternidad... Nos ocultaron sobre todo que la existencia es experiencia y servicio, no materia y placer; que el gozo tiene que ver con el volumen de la entrega al prójimo, no con el grosor de un sobre cargado de dinero negro.

Las falsedades nos acorralan, pero nos resistimos a acostumbrarnos a ellas. Vivimos sorteando incongruencias, de forma que no nos sorprende que nuestro presidente se atrinchere en las suyas. Ante la expectación de toda una nación, el supremo mandatario sube a los micrófonos y dice que no ha recibido ningún sobre. No somos, ni deseamos ser jueces para afirmar categóricamente, pese a la abundancia de pruebas, que esos sobresueldos entraran en su bolsillo, pero nos permitan otro rumbo, nos concedan ya no estar pendientes de sus ruedas de prensa, no permanecer a la expectativa de que en ellas al fin aflore el hombre en su transparencia, en su entereza, en su conciencia.

No somos peritos de grafología, avanzaremos con la caligrafía más segura de nuestras verdades. Cuando un sistema falso zozobra, nos queda asirnos a principios eternos, imbatibles; afrontar futuro con las máximas que no caducan. Más allá de las estructuras en preocupante medida corrompidas, de las incógnitas que seguramente nunca resolveremos; más allá de la confianza que arriba tan menudo no hallamos, de la proliferación de mandatarios que no se prestan a otorgarles deseada confianza…, toca encarnar los valores que anhelamos ver instalados en el mundo y su clase gobernante.

Toca apagar aún un poco más los telediarios en los que escasean los hombres que portan su corazón en la mano. Toca sobre todo escribir nuestros propios cuadernos sin borrones, ni engaños. Sí, queremos mandatarios rectos, pero somos conscientes de que esa pulcritud gobernará arriba, cuando se instale plenamente en nuestros adentros. Más allá de lo que ellos apuntan en sus cuadernos sospechosos, toca limpieza en la contabilidad entre nuestras líneas. Toca denunciar el cuaderno de los abusos, el proceder del “generoso” tesorero siempre tan cargado de sobres, pero sobre todo librar de mancha el cuaderno de nuestras cuentas.

A la postre, quizás nuestro futuro nos lo juguemos menos de lo que pensamos en los despachos de los políticos. Toca fundamentar el mañana en esas certezas que juntos estamos construyendo: la seguridad de que el valor superior de la solidaridad rige el universo y más pronto que tarde gobernará también nuestro planeta; la convicción de que el desarrollo se sostendrá definitivamente cuando por fin imperen los principios del cooperar y el compartir, la evidencia de que cuanto más damos, más recibimos, de que la Tierra es nuestra Madre bendita y debemos cuidarla…

Tenemos verdades como alboradas a las que servir. No necesitamos estar pendientes de pronunciamientos lejanos, de ninguna rueda de prensa en Moncloa o en Génova. Ellos saben de su recorrido hacia la debida honradez y espíritu de genuino servicio. Nosotros/as también tenemos gobierno compartido en nuestros hogares, en nuestros círculos más cercanos, en nuestras parcelas de trabajo, en nuestros propios cuerpos... Nosotros también ahí necesidad de implementar justicia, solidaridad, belleza, armonía… A cada quien su afán en el infinito y majestuoso orden del universo.

No es sólo la palabra que hubiéramos querido escuchar ante aquel micrófono, es también nosotros aflorar con la parte de certeza, con la parte Real de la que somos portadores. Son también las cuentas en “A”, los cálculos trasparentes y generosos en nuestros despachos de adentro. Es comenzar a pensar que nosotros podemos ser la última casilla en la que rellenemos el beneficio. No, no es sólo el mensaje a recibir, sino también a emitir; es también la palabra que nos debemos dentro. Es sobre todo la revolución que arranca en nuestra sencilla entereza, en nuestra vital transparencia; el horizonte que se abre cuando cada quien nos instalamos en la plena verdad, en la ineludible responsabilidad, en el centro de un cada vez más urgente compromiso planetario.



Frei Betto,  es un famoso teólogo brasileño,  teologìa de la  que es fraile dominico, mentor espiritual de Lula, activista político y voz de la justicia social en Brasil y América Latina.

Frei Betto: Solo estoy mirando cuantas cosas existen que no preciso para ser feliz. 

 Al viajar por el Oriente, mantuve contacto con los monjes del Tíbet, en Mongolia, Japón y China.

Eran hombres serenos, solícitos, reflexivos y en paz con sus mantos de color azafrán.

El otro día, observaba el movimiento del aeropuerto de San Pablo: la sala de espera llena de ejecutivos con teléfonos celulares, preocupados, ansiosos, generalmente comiendo más de lo que debían.  Seguramente, ya habían desayunado en sus casas, pero como la compañía aérea ofrecía otro café, todos comían vorazmente.  Aquello me hizo reflexionar:  "¿Cuál de los dos modelos produce felicidad?"


Me encontré con Daniela, de 10 años, en el ascensor, a las 9 de la mañana, y le pregunté: "¿No fuiste a la escuela?"  Ella respondió: "No, voy por la tarde."

Comenté: "Qué bien, entonces por la mañana puedes jugar, dormir hasta más tarde."

"No", respondió ella, "tengo tantas cosas por la mañana..."

"¿Qué cosas?", le pregunté.

"Clases de inglés, de baile, de pintura, de natación", y comenzó a detallar su agenda de muchachita robotizada.

Me quedé pensando: "Qué pena, que Daniela no dijo: "¡Tengo clases de meditación!"


Estamos formando súper-hombres y súper-mujeres, totalmente equipados, pero emocionalmente infantiles.

Una ciudad progresista del interior de San Pablo tenía, en 1960, seis librerías y un gimnasio; hoy tiene sesenta gimnasios y tres librerías!

No tengo nada contra el mejoramiento del cuerpo, pero me preocupa la desproporción en relación al mejoramiento del espíritu. Pienso que moriremos esbeltos: "¿Cómo estaba el difunto?". "Oh, una maravilla, no tenía nada de celulitis!"

Pero cómo queda la cuestión de lo subjetivo?  De lo espiritual?  Del amor?


Hoy, la palabra es "virtualidad". Todo es virtual. Encerrado en su habitación, en Brasilia, un hombre puede tener una amiga íntima en Tokio, sin ninguna preocupación por conocer a su vecino de al lado! Todo es virtual. Somos místicos virtuales, religiosos virtuales, ciudadanos virtuales. Y somos también éticamente virtuales...


La palabra hoy es "entretenimiento"; el domingo, entonces, es el día nacional de la imbecilidad colectiva.

Imbécil el conductor, imbécil quien va y se sienta en la platea, imbécil quien pierde la tarde delante de la pantalla.

Como la publicidad no logra vender felicidad, genera la ilusión de que la felicidad es el resultado de una suma de placeres: "Si toma esta gaseosa, si usa estas zapatillas, si luce esta camisa, si compra este auto, usted será feliz!"

El problema es que, en general, no se llega a ser feliz! Quienes ceden, desarrollan de tal forma el deseo, que terminan necesitando un analista. O de medicamentos. Quienes resisten, aumentan su neurosis.


El gran desafío es comenzar a ver cuán bueno es ser libre de todo ese condicionamiento globalizante, neoliberal, consumista. Así, se puede vivir mejor. Para una buena salud mental son indispensables tres requisitos: amistades, autoestima y ausencia de estrés.

Hay una lógica religiosa en el consumismo post-moderno.


En la Edad Media, las ciudades adquirían status construyendo una catedral; hoy, en Brasil, se construye un shopping-center.  Y, es curioso, la mayoría de los shopping-center tienen líneas arquitectónicas de catedrales estilizadas; a ellos no se puede ir de cualquier modo, es necesario vestir ropa de misa de domingo. Y allí dentro se siente una sensación paradisíaca: no hay mendigos, ni chicos de la calle, ni suciedad...

Se entra en esos claustros al son gregoriano post-moderno, aquella musiquilla de esperar al dentista.  Se observan varios nichos, todas esas capillas con venerables objetos de consumo, acolitados por bellas sacerdotisas.


Quienes pueden comprar al contado, se sienten en el reino de los cielos.

Si debe pagar con cheque post-datado, o a crédito se siente en el purgatorio.

Pero, si no puede comprar, ciertamente se va a sentir en el infierno...


Felizmente, terminan todos en una eucaristía post-moderna, hermanados en una misma mesa, con el mismo jugo y la misma hamburguesa del Mc Donald...


Acostumbro a decirles a los empleados que se me acercan en las puertas de los negocios:  "Sólo estoy haciendo un paseo socrático". 

Delante de sus miradas espantadas, explico: "Sócrates, filósofo griego, también gustaba de descansar su cabeza recorriendo el centro comercial de Atenas. Cuando vendedores como ustedes lo asediaban, les respondía: ...


"Sólo estoy observando cuántas cosas existen que no preciso para ser feliz"!

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